Conversaciones

"El fracaso no me quitó lo que tenía. Me quitó lo que creía que era."

Tomás Reyes

Fundador, Estudio Reyes

Quién sos cuando ya no sos lo que construiste

Tomás Reyes construyó una empresa que llegó a emplear a cientos de personas y la vio desaparecer en menos de un año. Le pedimos que no hablara del qué salió mal —eso ya lo contó mil veces— sino de lo que le pasó por dentro cuando la identidad que había construido se derrumbó con la empresa.

El fracaso empresarial se cuenta habitualmente como aprendizaje. Esta conversación evita ese atajo y se detiene en lo incómodo: la pérdida, la vergüenza y la lenta tarea de volver a saber quién se es.

Cuando la empresa cayó, ¿qué fue lo primero que perdiste que no esperabas perder?

La forma de responder cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba. Suena tonto, pero durante años yo era 'el que fundó tal cosa'. Cuando eso dejó de existir, me di cuenta de que no tenía otra respuesta. No sabía quién era sin el cargo.

Perdí dinero, claro. Pero eso se recupera. Lo que costó recuperar fue el relato sobre mí mismo.

¿Distinguís entre fracasar y sentirse un fracaso?

Son dos cosas completamente distintas y tardé años en separarlas. Fracasar es un evento: un proyecto que no funcionó. Sentirse un fracaso es una identidad: creer que uno es el proyecto que no funcionó.

Mientras confundí las dos, no pude avanzar. El día que entendí que el fracaso era algo que me pasó y no algo que yo era, empecé a poder respirar.

¿Qué hiciste con la vergüenza?

Al principio la escondí, que es lo peor que se puede hacer. Dejé de ver gente, inventaba que estaba 'evaluando opciones'. La vergüenza crece en el silencio.

Lo que la desarmó fue empezar a contarlo tal cual fue, sin justificarme. Cuando conté la caída sin adornos, descubrí que la gente no me despreciaba. Muchos, en realidad, se acercaban. La vergüenza era mía, no del que me escuchaba.

¿Hay algo que hayas ganado que no cambiarías por no haber fracasado?

Sí, aunque me cueste decirlo. Gané una relación distinta con el miedo. Antes vivía aterrado de perder lo que tenía, y ese miedo me hacía tomar decisiones defensivas. Después de perderlo todo y seguir vivo, el miedo perdió su poder de chantaje.

No se lo desearía a nadie. Pero no lo devolvería.

¿Cambió lo que pensás sobre el éxito?

Completamente. Antes el éxito era crecer, escalar, aparecer. Ahora sospecho de todo eso. Vi cómo el éxito rápido me volvió sordo: dejé de escuchar señales porque los números tapaban todo.

Hoy mido distinto. Me pregunto si lo que construyo puede sostenerse sin mí gritando todo el tiempo. Si la respuesta es no, no es éxito, es adrenalina.

¿Volviste a confiar en vos mismo? ¿Cómo?

De a poco y con pruebas pequeñas. No me desperté un día con la confianza recuperada. La reconstruí cumpliendo cosas mínimas conmigo mismo, promesas chiquitas que antes no me habría tomado en serio.

La confianza rota no se arregla con un discurso motivacional. Se arregla con evidencia. Uno vuelve a confiar en sí mismo cuando se demuestra, en lo pequeño, que puede volver a sostener su palabra.

¿Qué le dirías a alguien que está en medio de su propia caída ahora mismo?

Que no tome ninguna decisión definitiva sobre quién es en el peor momento. En la caída uno se ve con la peor luz posible, y esa foto miente. No es el momento de decidir si servís o no servís.

Y que separe la culpa útil de la culpa que solo lastima. Hacerse cargo de los errores está bien; castigarse indefinidamente no repara nada, solo paraliza.

¿Se puede liderar mejor después de haber perdido?

Se puede liderar más honestamente. El que nunca perdió muchas veces lidera desde una invulnerabilidad que no es real, y su equipo lo siente. Después de caer, uno lidera sin esa pose.

La gente confía más en alguien que conoce el fracaso de cerca, porque sabe que no va a negar los problemas hasta que sea tarde. La cicatriz, bien llevada, es una credencial.

¿Quién sos hoy, cuando ya no sos lo que construiste?

Alguien que aprendió que su valor no cotiza en la última empresa que tuvo. Durante mucho tiempo até mi valor a lo de afuera: la empresa, el título, el resultado. Todo eso es prestado y se puede ir.

Hoy soy, sobre todo, la forma en que trato a la gente en el proceso, gane o pierda. Eso es lo único que ninguna caída me puede quitar.

Si mañana perdieras aquello con lo que te presentás al mundo, ¿qué quedaría de vos que valga la pena?