Conversaciones

"Todos quieren crecer rápido. Casi nadie quiere hacer lo aburrido que hace falta para durar."

Roberto Alsina

Presidente ejecutivo, Casa Alsina

Sobrevivir cien años no es suerte. Es una forma de decidir.

Roberto Alsina conduce una empresa que atravesó guerras, crisis, cambios de generación y varias revoluciones tecnológicas. Le pedimos que hablara de una virtud poco glamorosa y hoy poco valorada: la continuidad.

En una época obsesionada con la disrupción, la permanencia parece antigua. Esta conversación reivindica la disciplina de sostener algo en el tiempo como una forma exigente de liderazgo.

¿Qué mantiene viva a una empresa durante generaciones?

La capacidad de cambiar todo lo de afuera sin perder lo de adentro. Cambiamos productos, mercados, tecnología, mil veces. Lo que no cambió es cómo tratamos a la gente y con qué nos comprometemos. Ese núcleo es lo que nos hace reconocibles.

Las empresas que mueren jóvenes suelen confundir el núcleo con la forma. Se aferran a un producto en vez de a un valor, y cuando el producto caduca, se caen con él.

¿La continuidad no es a veces una excusa para no cambiar?

Puede serlo, y es el peligro más grande de una empresa vieja. 'Siempre lo hicimos así' es la frase que precede a casi todas las quiebras. Hay que distinguir la tradición que protege de la costumbre que anquilosa.

La pregunta que uso es: esto que hacemos hace décadas, ¿lo hacemos porque todavía sirve o porque nadie se anima a tocarlo? Si es lo segundo, ya es un riesgo, aunque hoy no se note.

¿Cuál es la decisión más difícil que te tocó tomar?

Cerrar una línea de negocio que había fundado mi abuelo. Era rentable todavía, pero yo veía que el mundo iba a dejarla atrás. Ir contra la historia de la familia, mientras todavía daba plata, fue lo más duro que hice.

Aprendí que las decisiones difíciles de verdad no son entre lo bueno y lo malo. Son entre dos lealtades: la lealtad al pasado y la lealtad al futuro. Y el líder existe justamente para cargar con esa elección.

¿Cómo se decide con horizonte de décadas en un mundo que piensa en trimestres?

Blindando algunas decisiones de la urgencia del corto plazo. Hay cosas que decido pensando en quien va a estar sentado en esta silla dentro de treinta años, aunque eso me haga ver lento o conservador hoy.

El costo es real: a veces resigno una ganancia rápida que todos aplaudirían. Pero la empresa no es mía para exprimirla; es mía para entregarla mejor de como la recibí. Esa idea cambia por completo cómo decidís.

¿Qué opinás de la obsesión actual por crecer rápido?

Que confunde velocidad con dirección. Crecer rápido es fácil; sostener ese crecimiento es lo difícil, y casi nadie habla de eso. He visto empresas triplicarse en dos años y desaparecer en el tercero.

El crecimiento sano tiene un ritmo, como un cuerpo. Si crecés más rápido de lo que podés integrar, no estás creciendo: te estás inflando. Y lo inflado, tarde o temprano, se pincha.

¿La disciplina se puede enseñar o se trae?

Se contagia más que se enseña. La disciplina de una organización no vive en los manuales; vive en lo que la gente ve hacer a los que mandan cuando nadie los obliga. Si yo me salteo lo aburrido, todos se lo saltean.

La disciplina es hacer lo que hay que hacer incluso cuando ya no da satisfacción inmediata. Eso no entra por un curso. Entra por el ejemplo, repetido durante años.

¿Qué cambiaste de opinión con el paso del tiempo?

Creía que mi trabajo era tener razón. Hoy creo que es construir una organización que funcione bien aunque el que mande se equivoque, porque se va a equivocar. Pasé de querer ser el mejor jugador a querer armar el mejor equipo.

También le perdí el miedo a decir 'no sé'. De joven pensaba que el líder debía proyectar certeza siempre. Con los años entendí que la certeza fingida es lo que hace que nadie te avise cuando vas hacia el precipicio.

¿Qué se pierde cuando una empresa privilegia siempre lo nuevo?

Se pierde la memoria, y una empresa sin memoria repite errores que ya había resuelto. Hay soluciones que costaron décadas y que una generación apurada tira por la ventana por parecer moderna.

No estoy contra lo nuevo; vivo actualizándome. Estoy contra despreciar lo viejo solo por viejo. Mucho de lo que hoy se presenta como innovación es algo que ya sabíamos y habíamos olvidado.

¿Qué te gustaría que siga igual cuando ya no estés?

Que alguien, frente a una decisión difícil, se pregunte qué es lo correcto antes de preguntarse qué es lo rentable. Si eso sobrevive, lo demás se arregla. Si eso se pierde, ninguna cifra va a salvar a la empresa.

No me importa que recuerden mi nombre. Me importa que la forma de decidir que cuidé siga viva en gente que ni me conoció. Esa es la única herencia que vale.

De todo lo que hacés para crecer rápido, ¿cuánto seguiría en pie si tuvieras que durar cien años?