Conversaciones
"El poder no es hacer que la gente te obedezca. Es cargar con lo que pasa cuando lo hace."
Marina Costa
Directora general, Grupo Meridian
La autoridad que no se nota es la única que dura
Marina Costa conduce una organización de miles de personas. Le propusimos dejar de lado los organigramas y hablar de algo más difícil de admitir: qué se siente tener poder real sobre la vida de otros, y qué le hace eso a quien lo tiene.
Pocas personas hablan del poder con honestidad; casi siempre se lo minimiza o se lo celebra. Esta conversación intenta mirarlo de frente: su peso, su seducción y su costo.
¿Cuál es la diferencia entre autoridad y poder?
El poder es la capacidad de obligar. La autoridad es que no haga falta obligar. Se pueden tener las dos, pero no son lo mismo, y confundirlas es el error clásico de quien recién llega a un cargo alto.
El poder se te da con el puesto. La autoridad te la dan las personas, todos los días, y te la pueden quitar. Por eso la autoridad es más frágil y más valiosa.
¿Cuándo sentiste por primera vez el peso real de decidir sobre otros?
El día que tuve que cerrar un área y desvincular gente que no había hecho nada mal. Hasta ese momento pensaba el poder como capacidad de mejorar cosas. Ahí entendí que también es capacidad de dañar, a veces sin alternativa.
Firmé esa decisión sabiendo que iba a cambiar la vida de familias que no conocía. Nadie te prepara para eso. El poder pesa de verdad cuando descubrís que no hay opción sin costo humano.
¿El poder cambia a la persona que lo tiene?
Sí, y lo más peligroso es que casi no se nota mientras pasa. Lo primero que cambia es la información que te llega: la gente empieza a decirte lo que cree que querés oír. Si no hacés algo activo contra eso, terminás viviendo en una versión editada de la realidad.
Lo segundo es que dejás de escuchar el 'no'. Y un líder que no escucha un 'no' hace tiempo que dejó de liderar bien, aunque nadie se anime a decírselo.
¿Cómo evitás rodearte solo de gente que te dice que sí?
Protegiendo, casi con obsesión, a los que me contradicen. Cuando alguien me discute con argumentos, me aseguro de que no le vaya mal por eso. Si al que disiente le va mal, el mensaje que recibe toda la organización es 'callate'.
Busco activamente la incomodidad. Pregunto '¿qué es lo que no me estoy animando a ver?'. El sí fácil es cómodo y es una trampa.
¿Influencia y manipulación se parecen demasiado?
Comparten herramientas, por eso es tan fácil cruzar la línea sin darse cuenta. La diferencia está en la intención y en la información: influir es mover a alguien mostrándole algo verdadero; manipular es moverlo escondiéndole algo o usándolo para un fin que no es el suyo.
La prueba que uso es simple: si la persona supiera todo lo que yo sé, ¿tomaría igual esta decisión? Si la respuesta es no, no estoy influyendo. Estoy manipulando.
¿Qué cambiaste de opinión sobre el liderazgo con los años?
Creía que liderar era tener las respuestas. Hoy creo que es hacer las preguntas correctas y aguantar el silencio hasta que el equipo encuentre la respuesta. Antes llenaba todos los vacíos; ahora los sostengo.
También dejé de creer en el líder heroico que carga todo solo. Eso no es fortaleza, es un problema de ego disfrazado de responsabilidad.
¿Se puede ser querido y respetado a la vez, o hay que elegir?
No hay que elegir, pero tampoco se puede perseguir el cariño. Cuando un líder necesita gustar, deja de tomar las decisiones difíciles, y ahí pierde el respeto, que era lo que importaba.
El respeto viene de la coherencia, no de la simpatía. Si sos justo y previsible, el cariño llega solo, y encima es un cariño que no te esclaviza.
¿Qué es lo que más te cuesta delegar?
Las conversaciones difíciles con las personas. Durante años las quise dar todas yo, en parte por responsabilidad y en parte por control. Aprendí que no delegarlas le impide crecer a la gente que viene atrás.
Delegar poder de verdad es dejar que otros se equivoquen en cosas que importan. Si solo delego lo intrascendente, no estoy formando a nadie, estoy repartiendo tareas.
Si el poder desapareciera mañana, ¿qué quedaría de tu liderazgo?
Quedaría lo único que siempre importó: si la gente que trabajó conmigo salió mejor de lo que entró. Los resultados se olvidan, los cargos se heredan, pero la forma en que trataste a las personas se queda con ellas.
Me gustaría que, sin ningún poder de por medio, alguien todavía quisiera pedirme una opinión. Eso sería la prueba de que hubo autoridad y no solo puesto.
¿La gente te sigue por lo que podés hacerle, o por lo que confían que vas a hacer con ellos?