Conversaciones
"Ninguna negociación se trata de lo que la gente pide. Se trata de lo que no se anima a decir."
Javier Núñez
Negociador, Núñez & Asociados
El conflicto no se resuelve. Se traduce.
Javier Núñez se dedica a destrabar acuerdos que parecían imposibles: disputas societarias, conflictos entre socios, negociaciones donde ya nadie se habla. Le pedimos que explicara qué ve en una mesa que el resto no ve.
La negociación suele imaginarse como un duelo de tácticas. Esta conversación la muestra como otra cosa: un trabajo de escucha sobre lo que las personas esconden, incluso de sí mismas.
Decís que la gente no negocia sobre lo que pide. ¿Qué querés decir?
Que lo que se pone sobre la mesa —el precio, el porcentaje, la cláusula— casi nunca es el conflicto real. Es la parte visible. Debajo hay miedo a perder, orgullo herido, una historia vieja que nunca se cerró.
Cuando alguien pelea a muerte por una cifra que ni siquiera le mueve la aguja, es que la cifra no es el tema. Mi trabajo es encontrar cuál es el tema de verdad, porque ese es el único que se puede resolver.
¿Cómo se descubre ese interés oculto?
Preguntando 'por qué' más veces de las que resulta cómodo, y sobre todo callándome. La gente, cuando se siente escuchada de verdad, termina diciendo lo que importa, casi sin querer. El silencio bien puesto es mi mejor herramienta.
También miro dónde se ponen emocionales. La emoción marca el lugar donde está lo que de verdad les duele. La lógica es la superficie; la emoción es el mapa.
¿El mejor acuerdo es en el que ganás más?
No. El mejor acuerdo es el que se cumple. Un acuerdo donde una parte se sintió arrinconada es un acuerdo que va a explotar más adelante, y entonces no ganaste nada: pospusiste el conflicto y lo hiciste más caro.
Aprendí a desconfiar de las victorias aplastantes. Dejar al otro sin salida es sembrar el próximo problema. Prefiero un acuerdo un poco peor para mí que uno que no va a sobrevivir al primer roce.
¿Cuánto importa la confianza cuando las partes ya se llevan mal?
Importa, pero no de la forma que la gente cree. No hace falta que las partes se caigan bien ni que confíen entre sí. Hace falta que confíen en el proceso y, sobre todo, en el que media.
Yo no vendo simpatía. Vendo previsibilidad: que lo que se dice en la sala no se usa afuera, que trato a los dos con la misma vara. Sobre esa base mínima se puede construir un acuerdo aunque las personas se detesten.
¿Qué hacés cuando alguien negocia de mala fe?
Primero, distingo la mala fe del miedo, porque se parecen. Mucha gente que parece jugar sucio en realidad está aterrada y se defiende como puede. A esa persona se la desarma bajándole el miedo, no subiéndole la presión.
Cuando sí es mala fe genuina, la hago visible sin agredir. Nombro lo que veo, con calma. La mala fe funciona en la penumbra; cuando se la nombra en voz alta y sin insulto, pierde casi todo su poder.
¿Qué aprendiste sobre las personas haciendo esto?
Que casi nadie quiere realmente ganar. Quieren dejar de sentirse amenazados. Detrás de la mayoría de las posturas duras hay alguien que solo quiere poder dormir tranquilo, no destruir al otro.
Y aprendí que la gente perdona perder mucho mejor que perder sintiéndose humillada. El dinero se negocia; la dignidad, no. El que entiende eso destraba conflictos que parecían eternos.
¿Cambiaste de opinión sobre el conflicto con los años?
Sí. Antes lo veía como algo a eliminar cuanto antes. Hoy lo veo como información. Un conflicto que aparece está diciendo algo que el sistema venía tapando; apagarlo rápido muchas veces es tapar de nuevo el problema.
El conflicto bien conducido aclara. El que se evita solo se pudre y vuelve peor. Ya no busco que no haya conflicto; busco que el conflicto se dé de una forma que sirva para algo.
¿Se negocia distinto cuando hay algo personal en juego?
Es lo más difícil. Cuando el que negocia soy yo por algo mío, pierdo la ventaja principal, que es la distancia. Por eso, en mis propios asuntos serios, busco a alguien que medie por mí.
El médico no se opera solo. El negociador tampoco debería negociar solo lo que le duele. La emoción propia te ciega justo en lo que más te importa.
Si tuvieras que enseñar una sola cosa sobre negociar, ¿cuál sería?
Escuchar de verdad, no esperar el turno de hablar. La mayoría de la gente, mientras el otro habla, está armando su respuesta. Eso no es escuchar, es cargar munición.
El que escucha de verdad se entera de cosas que le regalan la solución. La información más valiosa de cualquier mesa la dice la otra parte; solo hay que estar realmente presente para recibirla.
En tu último desacuerdo, ¿estabas escuchando lo que el otro decía, o esperando tu turno para tener razón?