Conversaciones
·1 de septiembre de 2026
"Alinear no es convencer a todos de lo mismo. Es encontrar el punto donde cada interés se vuelve parte de una misma dirección."
Federico Franzanti
Líder tecnológico, Ingenia Holding
El acuerdo no se firma cuando todos ganan lo mismo. Se firma cuando todos ganan algo que les importa.
A Federico Franzanti se lo suele definir por lo técnico: los sistemas que construyó, los equipos que formó, las decisiones de producto que sostuvo. Pero hay otra dimensión, menos visible y quizá más difícil, que aparece cuando el problema deja de ser tecnológico y pasa a ser humano. Cuando en la misma mesa hay un equipo que quiere proteger su forma de trabajar, un inversor que empuja por velocidad, un partner que quiere controlar la relación con el cliente y un cliente que pide garantías que podrían limitarlo todo. En esta conversación le propusimos un escenario hipotético —una negociación atípica planteada solo para esta entrevista, no un hecho de su trayectoria— y le pedimos que pensara en voz alta. Lo que emergió no fue un método. Fue una forma de entender el liderazgo cuando nadie tiene exactamente la misma visión.
Lo que sigue es una conversación sobre cómo se lidera cuando no existe una solución perfecta, cuando cada actor tiene razón desde su lugar y cuando el trabajo no es imponer una dirección sino construir una que todos puedan habitar.
Te planteamos una situación hipotética: tenés sobre la mesa un acuerdo estratégico muy bueno en lo económico y en lo tecnológico, pero para cerrarlo necesitás que tu equipo, un inversor, un partner y un cliente —todos con intereses distintos— acepten avanzar. ¿Por dónde empezás?
Aclaremos algo primero: es un caso hipotético, algo que ustedes plantean para que yo piense en voz alta, no algo que me haya pasado tal cual. Pero es un buen ejercicio porque describe bastante bien la textura real de las decisiones difíciles.
No empezaría por el acuerdo. Empezaría por entender qué está protegiendo cada uno. El equipo no defiende una forma de trabajar por capricho: defiende algo que le funcionó, que le da identidad. El inversor no pide velocidad por ansiedad: responde a un horizonte y a una lógica de riesgo. El partner no quiere controlar al cliente por poder: quiere previsibilidad. Y el cliente no pide garantías por desconfianza: pide poder dormir tranquilo.
Cuando entendés qué protege cada uno, dejás de ver posiciones enfrentadas y empezás a ver necesidades que, muchas veces, no son incompatibles. El error es negociar sobre las posiciones. El trabajo es negociar sobre lo que hay debajo.
Decís que las posiciones parecen incompatibles pero las necesidades no siempre lo son. ¿Cómo se encuentra ese punto en común?
Haciendo muchas preguntas antes de proponer nada. La tentación, sobre todo cuando el acuerdo es bueno, es llegar con la solución armada y salir a convencer. Eso casi siempre falla, porque la gente no rechaza tu propuesta: rechaza sentir que no fue parte de ella.
El punto en común aparece cuando lográs que cada actor escuche lo que necesita el otro sin sentir que eso lo debilita. Ahí el problema se reformula. Ya no es 'el partner contra el equipo', es 'cómo hacemos que el partner tenga previsibilidad sin que el equipo pierda su forma de trabajar'. Esa pregunta sí tiene respuestas. La primera no.
En ese escenario, el inversor quiere velocidad y el equipo quiere preservar su forma de trabajar. Son fuerzas que empujan en direcciones opuestas. ¿Cómo se sostiene esa tensión sin romper nada?
No tratando de eliminarla. Esa es la trampa: creer que un buen líder hace desaparecer la tensión. La tensión entre velocidad y cuidado es sana, es la que evita que te estrelles o que te quedes quieto. Mi trabajo no es anularla, es administrarla.
En concreto, eso significa ser explícito. Decirle al inversor exactamente dónde vamos a ir rápido y por qué, y decirle al equipo exactamente qué vamos a proteger y hasta dónde. La tensión se vuelve destructiva cuando es implícita, cuando cada uno cree que el otro lo va a atropellar. Cuando la ponés sobre la mesa con reglas claras, se vuelve manejable.
Casi siempre hay una forma de darle al inversor velocidad en las cosas que no comprometen lo esencial, y darle al equipo estabilidad en las cosas que sí. No es un promedio. Es un mapa.
¿Cómo se construye confianza con actores que, en el fondo, están compitiendo por proteger su propio interés?
Siendo previsible. La confianza no se construye con carisma ni con discursos, se construye cuando la gente puede anticipar cómo vas a reaccionar. Si saben que no vas a usar en su contra lo que te dicen, empiezan a decirte cosas de verdad. Y sin información real, no hay acuerdo posible.
Lo otro es no vender lo mismo a cada uno. Es tentador decirle al inversor lo que quiere oír y al equipo otra cosa. Funciona una semana. Después se cruzan, comparan, y perdiste todo. Yo prefiero decir la misma versión en las cuatro mesas, aunque sea más incómoda. La coherencia es lenta pero es lo único que se sostiene.
Mencionás que hay que escuchar posiciones diferentes. Pero escuchar no alcanza para decidir. ¿Cómo se pasa de escuchar a decidir bajo presión?
Escuchar sirve para tomar mejores decisiones, no para reemplazarlas. Ese es un malentendido común: se cree que un líder que escucha es un líder que no decide, que diluye todo en consenso. Es al revés. Escucho para entender el terreno, pero la decisión la tomo yo, y la banco.
Bajo presión, lo que me ordena es separar lo urgente de lo importante y volver a la dirección. Me pregunto: dentro de un año, ¿qué versión de esta decisión voy a poder defender sin vergüenza? Esa pregunta filtra mucho ruido. La presión te empuja a decidir para aliviar la incomodidad del momento; la dirección te obliga a decidir para el largo plazo.
¿Cuándo se cede y cuándo se mantiene firme? Es quizás la decisión más difícil de una negociación.
Cedo en todo lo que es forma y me mantengo firme en todo lo que es esencia. El problema es que al principio uno no sabe distinguir bien qué es forma y qué es esencia, y termina peleando por cosas que no importaban y regalando cosas que sí.
Con el tiempo aprendí a preguntarme una sola cosa antes de plantarme: si cedo esto, ¿traiciono algo que le prometí a alguien o comprometo la razón por la que existimos? Si la respuesta es no, cedo, y lo hago rápido y de buena manera, porque ceder temprano en lo que no importa te da autoridad moral para plantarte en lo que sí.
Ceder no es perder. Muchas veces ceder en lo visible es lo que te permite proteger lo invisible, que es lo que de verdad estaba en juego.
El partner quiere controlar parte de la relación con el cliente. El cliente pide garantías que pueden limitar la propuesta. ¿Cómo se maneja un desacuerdo donde dos actores externos se bloquean entre sí?
No poniéndome en el medio como árbitro, sino poniéndolos a los dos frente a un objetivo que les convenga a ambos. Mientras el partner y el cliente se miran entre sí, ven una amenaza. Si logro que los dos miren hacia el mismo lado —el resultado que ambos quieren— dejan de ser rivales y pasan a ser socios de un mismo problema.
En la práctica eso puede ser algo tan simple como diseñar cómo se comparte la relación con el cliente en lugar de discutir quién la controla. El control es un juego de suma cero; la colaboración no. Casi siempre el desacuerdo se destraba cuando cambiás la pregunta de '¿quién manda?' a '¿cómo ganamos los dos?'.
Una vez que tomás una decisión compleja, todavía tenés que comunicarla a gente que no va a estar del todo contenta. ¿Cómo se comunica algo así?
Sin maquillarlo. La gente tolera mucho mejor una decisión que no le gusta que una decisión que siente que le disfrazaron. Si a alguien le tocó ceder, lo digo con nombre y apellido: 'en esto avanzamos por acá, y sé que no es lo que vos querías'. Reconocer el costo de la decisión es lo que hace que la gente la respete.
Y explico el porqué, no solo el qué. Una decisión sin relato es una orden. Una decisión con relato es una dirección. La misma medida se vive de manera completamente distinta según si la persona entiende hacia dónde vamos o solo recibe la instrucción.
Lo último: comunico la decisión yo, no la delego. Las noticias difíciles las tiene que dar quien decidió. Esconderse detrás del equipo o del proceso es la forma más rápida de perder autoridad.
La empresa crece y con el crecimiento suele diluirse la cultura. ¿Cómo se protege la forma de trabajar del equipo mientras todo escala?
Entendiendo que la cultura no se protege con discursos ni con documentos, se protege con decisiones. Cada vez que tenés que elegir entre una salida rápida que contradice tus valores y una más costosa que los respeta, ahí se define la cultura de verdad. La gente no cree lo que decís, cree lo que ves que hacés cuando cuesta.
En una negociación como la del ejemplo, proteger la cultura significa no aceptar cláusulas que obliguen al equipo a trabajar de una forma que traiciona lo que somos, aunque el acuerdo sea muy tentador. A veces el mejor negocio es el que no firmás. Pero eso solo se puede sostener si tenés muy claro qué es no negociable, antes de sentarte a negociar.
Si tuvieras que resumir qué es liderar cuando nadie tiene exactamente la misma visión, ¿qué dirías?
Que liderar no es lograr que todos piensen igual. Eso es una fantasía, y encima empobrece, porque las mejores decisiones salen de la fricción entre miradas distintas.
Liderar es conseguir que personas con intereses diferentes puedan avanzar en la misma dirección sin tener que renunciar a lo que son. No es homogeneizar. Es orquestar. El acuerdo bueno no es el que deja a todos igual de contentos: es el que deja a cada uno con algo que le importa de verdad, y a todos mirando hacia el mismo horizonte.
Cuando lográs eso, la negociación difícil deja de ser un problema a resolver y se convierte en la forma en que la empresa crece.
Nadie tenía la misma visión. Mi trabajo nunca fue que la tuvieran. Fue abrir un camino lo bastante ancho para que todos pudieran avanzar por él.